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Recibe Omar recompensa a su consagración

Aunque sus hijos no han seguido sus pasos: Lázaro, pintor artístico y Luis, Camilito, él se mantuvo fiel a los derroteros del magisterio, que heredó de su padre.
Es probable que Fidel Lemus Mirabal, en su época de maestro en La Palma y hasta director municipal de Educación, no imaginara lo bien que su hijo Omar aprendería la lección.
La otra herencia bien estimada, es la de revolucionario, que le llegó en la enseñanza de su tío Jesús Lemus Mirabal, mártir palmero que ofrendó su vida en el enfrentamiento a una salida ilegal frustrada en los primeros años de nuestro proceso emancipador.
El diseño, la Física y la dirección
Su nacimiento fue en La Palma en 1966, pero su tiempo de adolescencia y juventud lo gastó en las calles de Pinar del Río; al principio en la primaria Roberto Amarán, luego en la secundaria Julio Antonio Mella y después la culminación en el politécnico Primero de Mayo, de donde salió con su título de técnico en Diseño.
En una secundaria básica de San Luis comenzó a impartir Física, aunque todavía no estaba contagiado por la pegajosa fiebre del magisterio, pero le dio experiencia.
La vocación magisterial le llegó después y lo llevó a titularse como Licenciado en Educación, especialidad de Física y Astronomía, aunque otra gran adquisición de San Luis fue Olga, su esposa.
Por supuesto, su vida es más rica, pero desde el curso 1997-98 que comenzó a dirigir la secundaria básica urbana Carlos Ulloa, del Reparto Hermanos Cruz, tuvo que desdoblarse en muchas formas para poder atender las más diversas tareas.
Soldado de todas las trincheras
Por su juventud no pudo asistir a muchas tareas heroicas de la Revolución en sus primeros tiempos, pero está satisfecho de haber combatido en otros no menos importantes frentes desde las filas de la UJC y el Partido, además de ser un abanderado del perfeccionamiento educacional, piedra angular en la Batalla de Ideas.
Sí de su currículo tuviera que extraer éxitos, preferiría tomar los resultados del último curso escolar, porque su secundaria -así con todo el sentido de pertenencia- a pesar de su elevada matrícula de 1 192 alumnos terminó con cifras exitosas.
Por ejemplo, de sus 485 alumnos de noveno grado se presentaron 85
a examen de ingreso para el IPVC Federico Engels y aprobaron 40, más los seis que lo obtuvieron por vía de concursos, permitió que el 54 por ciento ingresara, mientras que otros 12 fueron para los Camilitos, una nutrida representación para el politécnico de Informática, otra para los preuniversitarios en el campo y 41 para el pre pedagógico, donde se superó con creces compromiso inicial.
Lo anterior lo hace expresar con satisfacción: “En estos momentos creo que sentido general está garantizada la formación de docentes para enfrentar los cambios estructurales que aspira la dirección del país en Educación.”
Un hombre de ideas
Omar Lemus Mirabal, nuestro entrevistado (fíjense que coincidentemente lleva los mismos apellidos de su padre y tío), es un hombre de ideas, con criterios muy definidos, convicciones arraigadas y capacidad de expresar sus sentimientos con la mayor honestidad.
Por eso, cuando le inquirimos qué es lo más difícil actualmente para un educador, aclara: “…imponerse a la situación económica actual y salir adelante, si tenemos en cuenta que debemos mantener una familia con la mayor honradez y decoro, incluso faltándonos a veces el tiempo para atenbderla, porque debemos trabajar y superarnos constantemente.”
El razonamiento parte de una lógica, un educador no solo tiene que comportarse como tal en el aula, sino en todos los momentos de la vida y según las referencias, Omar vive consagrado a su labor.
Como parte de su formación profesional realiza una maestría en la Universidad Pedagógica pinareña, que deberá culminar el año próximo, de la que ha recibido un caudal de enseñanzas porque vincula la interacción de la familia y la escuela.
“Esta maestría –dice- me ha aportado mayores conocimientos sobre la familia, y puedo apreciar que apoya más a la escuela y en esa conjugación se fortalecen los preceptos de nuestra educación; estimo que de la familia depende el 50 por ciento de la calidad de la enseñanza.
“Las Escuelas de Padres son una valiosa ayuda y han elevado el prestigio de nuestro centro, a la vez que las familias pinareñas son cada vez más receptivas a nuestros requerimientos.”
El valor de un premio
“Para mi este premio es un reconocimiento a toda mi vida, pero más que eso es a mi familia, porque no siempre se tiene en cuenta el gran apoyo que deben darnos los nuestros en este tarea que exige tanta dedicación y horas de ausencia del hogar, pero además este galardón es un reconocimiento a todos los educadores que se vinculan a nuestra escuela, a los alumnos y a las muchas familias que nos han permitido cumplir todos los objetivos.”
Lógicamente no es un reconocimiento aislado, es un eslabón que se añade a larga cadena de trabajo, entre ellos los 10 años en la dirección general de la Carlos Ulloa, que se suma a galardones como Distinción por la Educación Cubana, cuadro destacado a nivel municipal y provincial, trabajador ejemplar por más de 15 años, merecedor de la medalla de Hazaña Laboral, a los que se agrega la condición de Director con calificación Muy Bien durante una década y un sinnúmero de de gratificaciones de organizaciones de masa y sociales.
En un currículo tan extenso solo tomamos los ejemplos más sobresalientes, como muestra de que en nuestro sistema de Educación hay mucha gente valiosa empeñada en formar a un ciudadano mejor, y como muestra de que nuestros hijos, marchan junto a herederos de Varela, Luz y Caballero, José Martí y otras muchas luminarias del magisterio cubano, que quizás aún por su juventud no lo hayan podido demostrar.
Barbera, él único
Por Ramón Brizuela Roque
Cada pueblo tiene un personaje célebre y en Minas de Matahambre no podía ser distinto, aunque ya de Manuel Pérez solo hablan los viejos y alguno que otro forastero que se deleitó con sus locuras.
Él no me perdonaría en este réquiem si no lo llamara por su nombre Manuel Barbera y Pantaleón, extraído no se de que cofre de recuerdos, porque de libros dudo los haya conocido.
Sin dudas un individuo simpático, que envidiarían muchos humoristas de hoy, porque dominaba el sarcasmo como todo un maestro, era capaz de hacer reír una piedra y todo con la mayor seriedad del mundo.
Amigos no sé si tuvo, aunque mucha gente lo apreciaba; se llevaba bien con el Cazalla, un aguardiente de la época que calentaba el gaznate y le permitían escenificar cualquier película del oeste.
Con una ortografía oral bien precaria y un inglés artesanal, de propia fabricación, rememoraba a cada actor del otrora espléndido Hollywood: John Wayne, su preferido, Kirk Douglas, Burt Lancaster y Gary Cooper, con un dominio absoluto de la trama de cada westerms, que disfrutó hasta la saciedad en el cine de su Matahambre natal.
Con una gracia natural, al estilo de la picaresca española, que para él hubiera sonado esto a mala palabra, recordaba su accidente automovilístico en una primitiva guagua cuando ascendía la Loma del Viento, y donde lamentablemente se “salvó” San Lázaro, para él el viejo Lázaro, un hecho que desbancó su economía porque traía los santos de yeso para vender en las Minas y de las cajas de cartón maltrechas, solo quedó el recuerdo y un polvillo matizado en diferentes colores.
El comercio fue uno de sus entretenimientos: también vendía almanaques cuando se aproximaba el fin de año; calendarios de los que tenían santos o la imagen de Jesús; algunos con fotos de chicas importadas, rubias con poses americanas…
Aunque su mayor divertimento fue el trabajo duro, que lo disfrutaba y era una fragua que alimentaba su espíritu, lo mismo guataqueando un patio que una pestilente zanja, la cuadra de los caballos de la Guardia Rural o bañando a las mismas bestias, no me refiero a los soldados.
En ese cuartel tuvo una mala experiencia. Un día maltrataban a un preso porque sospechaban de una acción revolucionaria cometida por él, sin embargo Barbera se enfrentó al Sargento de Puesto y le dijo: Dejen a ese que el que dio candela fui yo… En sus escenificaciones frente al bar Mayor rememoraba… “y me dieron una tremenda patada por el … que salí chillando.”
Y sin embargo, quién lo iba a decir, cuando triunfa la Revolución Barbera fue a parar a las Minas del Frío, en Oriente, donde se enroló como soldado, él juraba que como Sargento de Cocina, donde pasó algunos meses hasta que un día se personó ante los jefes y pidió un “pase de por vida”.
La crítica de Barbera era incisiva, no había cosa que lo incomodara más que un vago o un bitongo, palabra de moda en su época; aunque también fustigaba con látigo más duro.
Una anécdota es cuando simulando hablar por teléfono con un dirigente de la provincia, desde un árbol próximo a las oficinas de la empresa minera, el decía. “Si, le prometo mandar 100 obreros y un jefe para cortar caña.” Pero al pasar el tiempo y aumentar la acumulación de vehículos automotores, sentenció:” Mire, por lo que veo aquí, lo que voy a mandarle son 100 jefes y un obrero, y ese soy yo.”
Para algunos estaba loco, para otros era simpático. Escritores que visitaron Matahambre en su época recogieron no pocos apuntes sobre él, sin embargo para el pueblo simplemente era Barbera, hermano de Navaja y Belén, el tío de Maco y Chapotín. O el vecino de Nené y Raúl Martínez, glorias de la pelota minera.
La pelota: este último detalle ayudará a Barbera a meterse en la historia, delicia que no buscó, pero ya es objeto del capítulo de un libro de nuestro autor Juan A. Martínez de Osaba, el mismo minero que ya ha dado otros jonrones literarios con Casanova y Linares.

