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Matahambre: weblog de Ramón Brizuela Roque

Carretera al 1660

Carretera al 1660

Uno de los paisajes pinareños más hermosos lo encontramos en el corazón de la Sierra de los Órganos, por la sinuosa carretera -antes tan temida por conductores- que une a la capital provincial con el territorio de Guane.

 

A esa vía -que pareciera trazada al paso de una culebra- se le llama carretera de Luís Lazo y, aunque no lo crean, muchos colegas a veces esquivaban escribir su nombre porque pensaban que se debía a algún politiquero de la época republicana.

Craso error, porque Luís Lazo quedó en la historia sólo como el propietario de un corral que el 30 de julio del lejano 1660 se le adjudicó a la señora doña Gregoria Vergara.

El colonialismo español cuando acampó en Cuba -al igual que en el resto de América Latina- importó su sistema de distribución de la tierra y por eso aparecieron vocablos muy novedosos para los "indígenas locales", como hatos, corrales, realengos y estancias.

Nos referimos al espacio entre los siglos XVI y XVII donde realmente los indios ya habían causado baja por desgaste en el inventario humano y estaban de moda los esclavos importados desde África.

La institucionalización monárquica estableció como medida reguladora para la Isla, las Ordenanzas de Cáceres, que fijaban como requisito a los propietarios de tierras, la mayoría personalidades del Ayuntamiento, que si sus estancias y hatos continuaban despoblados el Cabildo les fijaría término para hacerlo o, por el contrario, serían mercedadas a otras personas.

Ahí es donde doña Gregoria se hizo de esas tierras que lindaban con los hatos de Sumidero por el norte, Simón de Pavia por el sur, La Güira por el oeste y La Ceja por el este.

Como para llegar al lugar litigado había un camino, lógicamente de Luís Lazo, mantuvo el nombre y cuando a principios del siglo XX empezó a tomar jerarquía como hilo conductor entre Guane y Pinar del Río, con muy buenas intenciones fue empedrado, hasta que en 1946 los políticos, con mejores intenciones todavía, lo mejoraron con asfalto, que en esa época se hacía a pico y pala, con rajón, chapapote, piedra macadán y mucho sudor y sangre... pero quedaba bueno.

Así el extremo occidental se enlazó por una zona que deleita a la vista al pasar: el Valle de Isabel María, los extensos pinares de Guanito (mayormente obra de la Revolución) y el bordear los mo-gotes de la cordillera, tan pegados a la carretera que quizás se podía escuchar el silbido de los majaes, el susurro de los pájaros y el ronronear de las jutías.

Esta carretera, como otras muchas del país, se benefició en su momento por los gigantescos puentes de hierro traídos desde los Estados Unidos, una especie de encaje metálico forjado a base de chapas, vigas y remaches que aún en algunos puntos mantienen el encanto de la antigüedad y los riesgos de los choferes actuales, que piensan que todas las carreteras son para 100 kilómetros y que es lo mismo el rodamiento de hormigón de un puente que los vetustos tablones de los otrora gigantes de hierro.

La supremacía y preferencia de la carretera de Luís Lazo para llegar al extremo occidental cubano le fue arrebatada posteriormente con la aparición de la carretera Panamericana, pero esa sería otra historia

 

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