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Matahambre: weblog de Ramón Brizuela Roque

Barbera, él único

Por Ramón Brizuela Roque

 

Cada pueblo tiene un personaje célebre y en Minas de Matahambre no podía ser distinto, aunque ya de Manuel Pérez solo hablan los viejos y alguno que otro forastero que se deleitó con sus locuras.
Él no me perdonaría en este réquiem si no lo llamara por su nombre Manuel Barbera y Pantaleón, extraído no se de que cofre de recuerdos, porque de libros dudo los haya conocido.
Sin dudas un individuo simpático, que envidiarían muchos humoristas de hoy, porque dominaba el sarcasmo como todo un maestro, era capaz de hacer reír una piedra y todo con la mayor seriedad del mundo.
Amigos no sé si tuvo, aunque mucha gente lo apreciaba; se llevaba bien con el Cazalla, un aguardiente de la época que calentaba el gaznate y le permitían escenificar cualquier película del oeste.
Con una ortografía oral bien precaria y un inglés artesanal, de propia fabricación, rememoraba a cada actor del otrora espléndido Hollywood: John Wayne, su preferido, Kirk Douglas, Burt Lancaster y Gary Cooper, con un dominio absoluto de la trama de cada westerms, que  disfrutó hasta la saciedad en el cine de su Matahambre natal.
Con una gracia natural, al estilo de la picaresca española, que para él hubiera sonado esto a mala palabra, recordaba su accidente automovilístico en una primitiva guagua cuando ascendía la Loma del Viento, y donde lamentablemente se “salvó” San Lázaro, para él el viejo Lázaro, un hecho que desbancó su economía porque traía los santos de yeso para vender en las Minas y de las cajas de cartón maltrechas, solo quedó el recuerdo y un polvillo matizado en diferentes colores.
El comercio fue uno de sus entretenimientos: también  vendía almanaques cuando se aproximaba el fin de año; calendarios de los que tenían santos o la imagen de Jesús; algunos con fotos de chicas importadas, rubias con poses americanas…
Aunque su mayor divertimento fue el trabajo duro, que lo disfrutaba y era una fragua que alimentaba su espíritu, lo mismo guataqueando un patio que una pestilente zanja, la cuadra de los caballos de la Guardia Rural o bañando a las mismas bestias, no me refiero a los soldados.
En ese cuartel tuvo una mala experiencia. Un día maltrataban a un preso porque sospechaban de una acción revolucionaria cometida por él, sin embargo Barbera se enfrentó al Sargento de Puesto y le dijo: Dejen a ese que el que dio candela fui yo… En sus escenificaciones frente al bar Mayor rememoraba… “y me dieron una tremenda patada por el … que salí chillando.”
Y sin embargo, quién lo iba a decir, cuando triunfa la Revolución Barbera fue a parar a las Minas del Frío, en Oriente, donde se enroló como soldado, él juraba que como Sargento de Cocina, donde pasó algunos meses hasta que un día se personó ante los jefes y pidió un “pase de por vida”.
La crítica de Barbera era incisiva, no había cosa que lo incomodara más que un vago o un bitongo, palabra de moda en su época; aunque también fustigaba con látigo más duro.
Una anécdota es cuando simulando hablar por teléfono con un dirigente de la provincia, desde un árbol próximo a las oficinas de la empresa minera, el decía. “Si, le prometo mandar 100 obreros y un jefe para cortar caña.” Pero al pasar el tiempo y aumentar la acumulación de vehículos automotores, sentenció:” Mire, por lo que veo aquí, lo que voy a mandarle son 100 jefes y un obrero, y ese soy yo.”
Para algunos estaba loco, para otros era simpático. Escritores que visitaron  Matahambre en su época recogieron no pocos apuntes sobre él, sin embargo para el pueblo simplemente era Barbera, hermano de Navaja y Belén, el tío de Maco y Chapotín. O el vecino de Nené y Raúl Martínez, glorias de la pelota minera.
La pelota: este último detalle ayudará a Barbera a meterse en la historia, delicia que no buscó, pero ya es objeto del capítulo de un libro de nuestro autor Juan A. Martínez de Osaba, el mismo minero que ya ha dado otros jonrones literarios con Casanova y Linares.
martes, 08 de noviembre de 2005
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